martes, febrero 28, 2006

arboledad 5: isla.reuma

Acetona. Olor de acetona de los dulces comidos en mi último fin de semana. Ultimo, palabra que sabe ha menosprecio: para lo bueno y lo malo; lo último da rabia. Es como que...¡que haces después. Me abro y me abrazo en un último intento de retener, de guardar, de coleccionar. Todo en pos de una vida mejor. Camino en tumulto, solo -mas que la una-, miro noticias, leo libros de bibliotecas que no me pertenecen. Aviso al jefe y le digo que por favor que me dé trabajo, que lo necesito, que lo quiero, que me hace bién, que tengo que pagar muchos pisos. Edificios construidos, algunos ya derruidos, otros en proyecto. Hipotecado por el miedo, transformado en una vida loca, loca, loca, como la canción. Busco habitación con vistas al mar de la calma; encuentro lugares apestados a vida. Palacios de Reyes convertidos en calabozos. Busco adhesiones a la vida, Battiato, y lloro otra vez las penas lloradas, como una condena infinita. Y el olor de acetona me dice ¡tu estas vivo?. y despues como una salvación llega una diarrea insufrible que deja limpio el cuerpo. Acetona e internet de barrio.
Silbo en la calle, mientras el juez espera una llamada ¿dónde estas bonito?. ¡Ya sabes que tienes que estar por mi!¡no seas malo, malito, que te meto un paquete!
Acetona y justicia infinita para todos, para que vivamos en paz (¡como si el ser bueno nos librara de nuestro final. como si el ser bueno nos hiciera perder nuestro boleto al más allá)
Silbo y silbo, preparo curriculums; pero está todo ocupado. Sí, cae la nieve en toda Irlanda y languidamente cae sobre todos los vivos y los muertos. Y Godot no aparece y me desespero.
¿vida loca, muerte infame? ¡Oiga, que ya no estoy para esos trotes! Que resulta que para una vida tranquila hay que currarselo, que lo normal es el stress de poca monta, o sea, por nada.
¿y que fué de aquella isla?, sus arboles, alineados, en fila india; ocupando el mínimo espacio. Eran parte de mis escenografía infantil, era lo que veía cada mañana al levantar los ojos, lo que miraba con poca ilusión, condenado a una eternidad convexa. Y entonces el bossque se hizo muro y perdí la posibilidad de poner pie en tierra. Ya no colonizo nada excepto estas botas que me sustentan, que me susurran: ¡hola bonito, donde andas, que haces, que dices, que miras...¿Que qué que todo me perturba? ¡contesta! Y la respuesta se hace dificil.
He vuelto ha dejar abandonada mi persona mas que-herida, me duele, me hace mas pequeño; ¡y por eso silbo! Y por eso arranco mi furia, espero mi turno, adorno mi espejo, lo lleno de cosas, ¡y mi aura se queja! que no le dejo espacio, que no estoy por él...y yo, que me gusta quedar bién con todo el mundo...que hartito estoy de ese olor, y de ese color y de ese dolor.
Vuelvo a la ventana de la habitacion que nunca fué mía; me asomo y miro de nuevo los arboles alineados. Me hice grande y ellos chicos. Cuando mi tormento acabe, ellos quizá ya hallan muerto. Posiblemente no quede ni la ventana.
Cuando se huye de un sitio, no pasa nada pués siempre hay alguien al acecho. El dolor es volver, y ver. Claro que el llanto limpia, y el amor con otro amor redondea las esquinas; pero el dolor nunca se olvida.
Me duele el coxis en el alma, y la recuperación es tan lenta como mi manera de pensar. Tengo los huesos calados de orgullo, las raices rotas, sin tierra profunda en la que callar. El bosque va a la deriva, sin nube, sin viento.