desarbolado

En la hora nona, mientras los gatos se suben por las paredes, pido una certeza que me emocione. Es la única manera de ver las cosas claras. Allí estaré esperando una sonrisa -no sin miedo-, una cara amiga que llevarme a la lengua. Un pecado sin más para este mundo que arruina cualquier alma despistada. A la hora nona, incluso antes, los amantes y los gatos se calientan bajo la estufa de butano; se miran, ridículos, ensimismados los ojos, nerviositos, borrando pecados inconfesables. Los corazones se desatan, se deslatan, comprueban las fechas de caducidad. Todo por un perdón que llevarse a la cama; todo por una risa por una brisa. Cuando los gatos se acicalan el bigote, le espuma de la certeza se corre entre labios toscos que han olvidado su sabor. Y todo por una sonrisa.



