
Como punto de partida, bastará una vaca en una pradera. Sobre todo si un árbol se yergue no tan lejos de ella que no pueda una sola mirada abarcar juntos la vaca y el árbol. Una forma erecta y otra a nivel. Curiosa paradoja, quizás uno de los guiños que nos hace la naturaleza como preguntándonos: “¿te das cuenta de lo que traigo entre manos?” La paradoja, hela aquí: el reino vegetal está casi todo él constituido por especies verticales; Mientras que el reino animal no logra su única especie vertical hasta que cesa de ser meramente animal y se abre a lo humano.
¿Os dais cuenta del fuerte prejuicio humano que inspiran estas palabras? Todo lo arriba escrito rezuma un axioma tácito: que la forma vertical es superior a la forma horizontal, ni más ni menos que porque surge al final de la evolución animal, mientras que su presencia ya mucho antes entre los vegetales, seres más primitivos, entra en el cuadro de contrabando con la etiqueta de “paradoja”. Pero el caso es que las diferencias que separan las dos formas verticales, el árbol y el hombre, son profundas.
El árbol se nutre de abajo arriba y respira de arriba abajo. Las materias muertas que va produciendo, las elimina por su cumbre, dejándolas caer a sus pies. Se reproduce de un modo semejante, dejando caer de su copa la simiente de su especie. La vaca –que de ella habrá que ocuparse antes de llegar al hombre-, la vaca se nutre de la tierra por su parte delantera. Como sucede con el árbol, el alimento y el excremento se confunden en la misma tierra, aunque de manera más incongrua en cuanto a la vaca; y ya aquí, nosotros, los humanos, empezamos a sentir cierta repugnancia para con los modales de la naturaleza; porque esta mezcolanza, esta promiscuidad del alimento con el excremento no nos había causado disgusto alguno en el caso de las hojas muertas pudriéndose junto a las raíces que sorben de la tierra el alimento del árbol. La reproducción en la vaca queda también relegada a los cuartos traseros, en asquerosa intimidad con los órganos excrementales; hecho que también provoca en el ser humano náuseas y juicios severos sobre la indecencia y el mal gusto de la naturaleza.
La estructura animal es más móvil que la del árbol. El árbol está “plantado”, “arraigado” a un lugar preciso de la tierra; y la vista de los potentes tentáculos de sus raíces penetrando en la carne de la tierra sugiere un estrecho abrazo: la tierra apresa el árbol, pero el árbol también apresa la tierra en sus brazos múltiples. Al primer pronto, pues, parece como si al pasar del mundo vegetal al animal dejásemos atrás la fijeza para pasar a la movilidad.
Así, en efecto, pero menos de lo que parece. Echemos otra ojeada a esa vaca y percibiremos la cadena de necesidad que la ata a la tierra, y que va de la tierra a la boca, de la boca al ano, del ano a la tierra. Podréis llevaros la vaca a otro prado, o darle de comer heno y melazas en una vaquería urbana; pero la cadena de necesidad, corta o larga, queda intacta. Podréis alargarla; pero cortarla no podréis sin cortar la vida de la vaca misma. La cadena de necesidad seguirá intacta, limitando así la movilidad de la vaca a un corto radio en torno a su hierba natural.
La forma de la vaca refleja sus límites. La boca y las narices cuelgan cerca de la tierra; los ojos no se alzan casi nunca por encima por encima del nivel prescrito por su estatura, y las más de las veces miran hacia abajo. Su olfato es fuerte y activas las narices. Pero uno de sus órganos la sitúa netamente lejos del árbol y de todo lo vegetal: las raíces y las ramas crecen en la dirección que les está prescrita, de modo que no es patente diferencia alguna entre las ramificaciones que se adentran en la tierra y las que crecen hacia el cielo; mientras que en la vaca, el cerebro emite protuberancias sensoriales –ojos, oídos, lengua, células de las papilas y de las fosas nasales- todo un aparato que orienta el ser y nos autoriza a distinguir un “adelante” y un “detrás”, prólogo de grandezas futuras.
Estas grandezas logran realidad cuando el cuadrúpedo se alza sobre sus patas traseras y, libertando sus miembros anteriores, da a sus manos vida nueva –la gran revolución-. La vaca quiso hacerse árbol. Detalle significativo: en dos, por lo menos, de las lenguas europeas, el enarbolarse del caballo, o sea, su alzarse sobre las patas traseras para erguirse como en pie, se dice “hacerse árbol”: enarbolarse; sich bäumen. El día en que el hombre cesa de apoyarse sobre sus miembros anteriores y se yergue en pie, comienza la civilización. Sus miembros, ya libres, podrán procurarse el alimento allende sus mismos pies, y no como otrora, mezclado a sus excrementos. Sus ojos podrán ahora elevarse por encima del nivel que se les había asignado; y su orientación delante-detrás pasa a ser una polarización arriba-abajo. De su pasado animal conserva el prejuicio a favor de los hechos delanteros –entradas- sobre los traseros –salidas- y lo de arriba revestirá mayor prestigio que lo de abajo.
El hombre es, pues un árbol que se ha metido la tierra en un saco y ha echado a andar. Pero la cadena que otrora iba de la tierra a la tierra pasando por el cuerpo de la vaca le sigue atando a la tierra. Esta cadena es aún hoy el primero de los quebraderos de cabeza del astronauta. Más flexible y más útil, sigue siendo tan firme como las raíces que anudan el árbol a la tierra que lo sustenta.
Encima. Debajo. Alto. Bajo. Palabras claves. La cabeza, en la vaca, a nivel con la cola, está ahora en el ápice, en la parte más elevada del cuerpo; y la altura en sí cobra como una dignidad especial. Superior-inferior. (Pasando el tiempo, Alteza será tratamiento de príncipes, es decir, de la cabeza -jefe- del pueblo.) Alto y bajo adquieren una significación que no habían logrado tomar delante y detrás, tan sólo vislumbrados quizás en la vaca en una oscura sensación de conjunto. Poco apoco, el nuevo ser vertical va decantando sus planos vitales, otrora confundidos en uno solo. Percepción, acción, sensación, funciones corporales, se van como situando en pisos graduados de arriba abajo. La intuición primero; luego la intelección, la emoción, la vida vegetativa; y como estos niveles corresponden a la vista, al olfato, el gusto, la entrada del aire y del alimento, la digestión, la procreación, y la excreción, las dos series de funciones se forman de arriba abajo en jerarquías paralelas. Nos topamos otra vez con la repugnancia que inspira la vecindad de la excreción y la procreación, si bien atenuada por la elevación de las mamas del nivel digestivo al afectivo.
Este cambio en la estructura del mamífero al pasar a hombre es capital, porque prepara la aparición de una nueva forma vital que desempeñará el papel de protagonista en la vida humana. El amor comienza como la carga emotiva del instinto de procreación. El desplazamiento de los senos del nivel abdominal al pectoral los eleva del nivel de los instintos al de las emociones; cambio esencial para asegurar el advenimiento de la fase civilizada y colectiva del hombre.
Porque es el caso que otras novedades implícitas en la posición vertical, si bien iban a acarrear progresos considerables en la evolución human, no dejaban de amenazar con graves peligros su porvenir social. Construida sobre un modelo horizontal, la vaca vivirá en el seno de un rebaño, en un mundo de seres semejantes, bañada en una atmósfera de necesidades semejantes, sentidas en tiempos y lugares semejantes. Erguido, el hombre tenderá a vivir vida solitaria. Cada uno para sí.
En cuanto se yergue, el hombre siente sus ojos emancipados del mundo inferior al horizonte, y ya capaces de mirar a lo lejos. Análogo alargamiento siente en la mirada de su espíritu, lo que lo otorga capacidad para combinar y armar sus observaciones a la luz que le da su intuición. El conocimiento le confiere poder. El poder le permite someter a su voluntad a los animales, y aun a otros hombres, para obligarlos a satisfacer sus necesidades de individuo efímero aun en detrimento de otras especies, incluso de la suya.
Su nueva postura ensancha el espacio abierto a su libertad, o en otros términos, el campo de fuerzas de su voluntad. La libertad es una necesidad primaria para todos los animales, como sabe todo criador de pichones o amos de perros. Pero la cadena de la necesidad ata corto los animales a la tierra en que habitan y sus facultades no alcanzan para ampliar el campo que les otorga la naturaleza. Al erguirse en vertical, el animal humando no tardaría en darse cuenta de que el aumento de su espacio vital excedía sus oscuros ensueños. En adelante, podría disponer de sus manos, de sus ojos, de su espíritu, a fin de dar libre curso a su libertad en un espacio cada vez más vasto.
Pero esta combinación de inteligencia y de voluntad hubiera podido revelarse como fatal para las especie sin el advenimiento del amor. Al erguirse, el hombre y la mujer tuvieron que exponer a la vista ajena las partes sexuales que en la posición cuadrúpeda permanecían en discreta penumbra. Aquí surge una forma más fina y delicada de la repugnancia que siente el hombre para con sus partes, operaciones y descargas excrementales. Esta vez se trata del pudor. Los órganos sexuales se han quedado demasiado abajo para nuestro gusto. Otra crítica que el hombre opone a la naturaleza, Esta actitud revela la fuerza de la nueva forma del amor, no ya simple instinto, sino emoción, afecto para con el otro, y no ya sólo servicio pasivo de la especie.
No sólo nos rebelamos ante la idea de que los órganos sexuales sigan tan bajos en la escala jerárquica de la espina dorsal, demasiado cerca de los órganos de excreción que nos dan asco, sino que también nos damos cuenta que estos órganos sexuales nos repugnan por su fealdad. Hemos elevado el amor a tal altura –a la de los ojos- ¿a qué mayor altura podríamos haberlo elevado?- que hubiéramos aspirado a expresarlo en su aspecto hombre-mujer por medio de órganos menos animales, tan apartados del abdomen como la frente o los ojos; y sentimos cierto resentimiento contra la naturaleza ante tanta insistencia en rebajarnos al nivel de gatos y perros para amar.
Claro que a la naturaleza le tiene sin cuidado. En lo que menos piensa es en nosotros. A lo que está es la especie. Y a nosotros no nos queda más que echarle en cara sus bajas triquiñuelas (¡con que naturalidad se ofrece ese vocablo bajas a la imaginación del hombre de pie!). Porque la naturaleza ha logrado hacer del deseo una fuerza casi invencible, casi siempre mucho más vigorosa que esa voluntad que tan ufanos hemos sentido crecer en nosotros el erguirnos como bípedos. Henos aquí presos, cuando nos creíamos libres. Y, que quieran que no, heteme a las mujeres condenadas a llevar el peso de la maternidad cada vez que se dejan arrastrar a las emociones del amor. Este estado de cosas nos veja y nos humilla como una bajeza que contra nosotros se comete, un abuso de confianza por parte de la naturaleza, una falta de respeto para con el hombre erguido, dotado de una escala de valores tan vertical como su espinazo.
Nuestro resentimiento nos impulsa a dar un paso más, desde luego hacia arriba, en la evolución de nuestro amor. Vamos ahora a libertarlo del sexo, a tal punto que amaremos a todo el mundo: hombres, mujeres, niños y hasta los animales. Así nace la caridad, de la necesidad de distanciarnos de la cadena del deseo sexual con la que nos tiene la naturaleza rebajados al nivel de gatos y perros. Surge así una fuerza potente que someterá a su disciplina el espíritu y la voluntad del individuo y resolverá innumerables conflictos de libertades rivales.
Ebrio de la libertad que ha emancipado su boca de la hierba y su nariz y sus ojos del terruño, el hombre ha libertado su emoción del sexo. Pero la liberación de sus ojos le conduce a otra libertad todavía más gozosa. De hoy más, le será posible disociar el trabajo de su cerebro de la preocupación de sus necesidades corporales. Observa, percibe, piensa. Allende las cosas que sus sentidos le revelan, sospecha y aun descubre las ideas de estas cosas; y, descubrimiento aún más fascinador, diseños que unen con obras estas ideas de las cosas, ideas de ideas, todo un mundo nuevo en el cual su espíritu se siente libre.
Mientras así medita, descubre que ocurren en torno a su ser sucesos de dos clases: los que “pasan”, y aun a veces la pasan a él; y los que él causa. Además, estos sucesos que él causa pueden producirse sin que su voluntad tome parte en ello, y aun a veces contra su voluntad. Sacará de aquí la diferencia entre los hechos y los actos; los sucesos que determinan al hombre y los que el hombre determina, y se dará cuenta de que la diferencia entre uno y otro está en que el acto, antes de ser acto, ha sido idea.
Entonces recordará su gozo al descubrir que había una idea tras de cada cosa que había visto en el mundo.
SALVADOR DE MADARIAGA